Visiblemente emocionado, Víctor Fernández regresaba de nuevo como entrenador del Real Zaragoza. Tanta era la emoción del momento, que las lágrimas embargaron su rostro y quebraron su voz, motivando que el técnico zaragozano tuviese que abandonar la rueda de prensa de su presentación para tomar aire, beber un poco de agua y, diez minutos más tarde, afrontar a los medios de comunicación.
Y es que eran muchos los sentimientos que afloraban en el entrenador al dirigir nuevamente el destino deportivo del club que le vio nacer como técnico de éxito. La marcha de Alfonso Soláns y la llegada de Agapito Iglesias traía consigo el retorno al banquillo de un entrenador añorado y querido por la inmensa mayoría de la afición zaragocista: Víctor Fernández Braulio, aquel hombre que, recién cumplidos los 30 años, se hizo cargo del primer equipo blanquillo poco antes de aquella trascendental promoción frente al Murcia en la temporada 90/91 y que lo encumbró hacia la gloria en 1994 (campeón de la Copa del Rey) y en 1995 (campeón de la Recopa de Europa).
El entrenador zaragocista (de contrato y de corazón) se emocionaba tras volver a pisar La Romareda. Estaba contento y feliz de volver a Zaragoza y afrontar nueva aventura, un desafío tremendo. Uno nunca puede renunciar a su pasado; el Zaragoza fue el equipo que le dio la oportunidad, con 30 años, de ser entrenador de Primera División, gracias al fichaje de Miguel Beltrán, a la oportunidad que le dió Zalba y a la confianza de la familia Soláns, con tantos éxitos alcanzados.
Volver era lo que le dictaba el corazón, pero el motor definitivo fue Agapito Iglesias, que le presentó un proyecto ilusionante, otorgandole un amplio margen para elaborar un proyecto deportivo ambicioso, de presente y de futuro.